Jennyfer, tejedora en Artenara: «Falta relevo generacional en los oficios de la cumbre»

Esta artesana nacida en la Isleta pero arraigada ya en la cumbre grancanaria elabora con telares tradicionales prendas de lana y traperas, e imparte cursos en la Escuela de Tejeduría de Artenara

Jennyfer Cabrera Guerra nació en el marinero barrio de La Isleta, en la capital grancanaria, pero el amor le llevó hasta la cumbre insular, donde hoy en día es tejedora profesional en Artenara, contribuyendo a recuperar una tradición de telares artesanales.

Nos recibe en la Escuela de Tejeduría del barrio de Las Arvejas, del municipio de Artenara, en la que enseña a ocho alumnas estas técnicas textiles con muchos siglos de historia y que tuvieron mucho arraigo en los pueblos y caseríos del Paisaje Cultural de Risco Caído y las Montañas Sagradas de Gran Canaria, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO.

Esta tejedora nos explica  cómo elabora en un telar de madera prendas de lana obtenida de rebaños de ovejas grancanarias (también estuvo muy extendido el lino en esa comarca). Un proceso en el que, confiesa, se entrega «en cuerpo y alma», que a ella le parece «mágico»  y que es «matemática pura», porque «todo está calculado hilo por hilo en medidas, en fórmulas matemáticas».

Traperas, «trocitos de historia»

Para esta artesana, las traperas (que se usan como mantas, alfombras o manteles) son «trocitos de historia» porque se reutilizan telas que ya la gente asocia a personas o vivencias pasadas, y se les da una segunda vida.

Reconoce que son muchas horas de trabajo y eso tiene que repercutir en el precio, aunque esta actividad se enfrente al hábito consumista de usar y tirar y  a la competencia de las grandes industrias multinacionales textiles, que son, advierte, muy contaminantes para el planeta.

Le preocupa la falta de relevo generacional en los oficios tradicionales de la cumbre.

Por ello cree necesario arrimar el hombro la ciudadanía y las instituciones públicas locales para que este patrimonio no se pierda y los niños de hoy puedan tener el día de mañana un medio de vida en este entorno rural, pues, de lo contrario, continuará el despoblamiento.

A su juicio, la declaración de Patrimonio Mundial por la UNESCO ha permitido que también la propia población del lugar «valore más» el paisaje y la cultura que han merecido este reconocimiento, y  afirma sentir «admiración y respeto» por todo este legado del pasado.

«A mi se me hincha el pecho al ver que estamos a estar alturas equiparándonos con otras maravillas del mundo», confiesa.

IMÁGENES Y TEXTO: VICENTE PÉREZ LUIS

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