La alfarera continuadora de la tradición aborigen en San Andrés

Desiré Reverón Fuentes aprendió el oficio de las últimas loceras de este pueblo de Anaga, que fue uno de los centros alfareros más importantes de Canarias

Desiré Reverón Fuentes aprendió el oficio de las últimas loceras de este pueblo de Anaga, que fue uno de los centros alfareros más importantes de Canarias

El pueblo de San Andrés, en el corazón costero de Anaga, fue antaño un importante centro de alfarería en Canarias. A  finales del siglo XX, las últimas alfareras temían que su oficio, heredado de los guanches, se perdiera cuando ellas fallecieran.

Por suerte, una entonces niña, Desiré Reverón Fuentes,  con 8 años aprendió estos conocimientos, que hoy en día enseña a personas de todas las edades, por lo que es una artesana decisiva en la conservación de la artesanía ancestral de este macizo, hoy Reseva de la Biosfera y en la época prehispánica uno de los 9 menceyatos en que se dividía la isla.

De la mano de este locera, nacida en Santa Cruz de Tenerife en 1982 y trabajadora social, hemos visitado San Andrés, tanto la costa de Las Teresitas como, ya en las medianías, el impresionante barranco de El Cercado, auténtico vergel de flora autóctona, por donde en invierno corre un arroyo.

Allí, en el patio de una antigua vivienda campesina y a los pies de un drago, nos muestra el proceso de elaboración de una olla de tres asas, típica de San Andrés.

Así, nos va explicando el amasado del barro, el urdido de la olla con distintas capas de churros o rulos, el desbastado y el bruñido, para, cuando ya está seca, guisarla. Todo ello sin más ayuda que la de sus manos y un callao de mar.

Desiré nos adentra además en el mágico paisaje dl brranco de El Cercado, donde la vida siempre fue difícil a lo largo de su historia, como en toda Anaga; un paraje que fue habitado por los guanches, cuya cultura, afirma, «no murió». Y de hecho, al ser preguntada qué queda de ese pueblo aborigen, ella responde, rotunda: «Nos queda todo».

En esta entrevista rinde «un prqueño homenaje a todas las loceras que transmitieron este legado» de los antiguos isleños, y recuerda también con emoción, cariño y «orgullo» a las loceras que le enseñaron este oficio: Peregrina, Quica, Juana y Conchita, ya fallecidas.

Esta alfarera, que se siente orgulloa de nacer y haberse cirado en San Andrés, lamenta que tuviera que esperar hasta que llegó a la Universidad de La Laguna (donde se diplomó en Trabajo Social) para poder recibir en la enseñanza pública contenidos sobre la historia de Canarias,  por lo que tuvo que aprenderla antes de forma autodidacta fruto de su curiosidad y de la memoria oral. Afortunadamente, afirma, ese desconocimiento ha empezado a paliarse en las últimas décadas.

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