Episodios de historia y arqueología medieval en Canarias: San Marcial de Rubicón (Lanzarote) y la materialidad de una sociedad de frontera

En 1402, un ejército comandado por Gadifer de la Salle y Jean de Bethencourt arribó a las costas del sur de la isla de Lanzarote.

En 1402, un ejército comandado por Gadifer de la Salle y Jean de Bethencourt arribó a las costas del sur de la isla de Lanzarote, inaugurando la conquista señorial del archipiélago canario. Los avatares del viaje que trajo a las islas a los hombres y mujeres que formaban parte de esta expedición fueron relatados, de manera minuciosa, por los clérigos que los acompañaron y quedaron recogidos en la obra Le Canarien (Serra y Cioranescu, 1960; Aznar et al., 2006).

Según recogen los autores de las dos versiones de esta fuente indispensable, los conquistadores normando-poitevinos habrían alcanzado con sus embarcaciones la Playa de las Coloradas, tras su paso por el puerto de La Graciosa, en los primeros días del mes de julio de aquel año, eligiendo la desembocadura del que hoy se conoce como barranco de Los Pozos para establecer su asentamiento y emprender así la conquista de la isla. El lugar contaba con algunas características que lo hacían idóneo para el establecimiento de los nuevos pobladores: las bondades del puerto natural, la existencia de agua potable y las posibilidades de contar con un lugar apropiado para levantar sus fortificaciones (Tejera y Aznar, 1989: 24). Tal es así que, apenas dos años más tarde, una bula papal signada en Marsella, el 7 julio de 1404, convirtió en ciudad el campamento y fortaleza de San Marcial de Rubicón y en catedral la iglesia de San Marcial (Cioranescu, 1959, doc. 80; Rumeu, 1986, doc. 34).

Esta catedral se mantuvo vigente hasta 1485, cuando su sede fue trasladada a la isla de Gran Canaria a petición del que fuera el último responsable del obispado rubicense, el obispo Juan de Frías. A partir de entonces, el enclave inició su decadencia, constatada por los viajes que realizó André Thevet hacia mediados del siglo XVI, quien menciona en su Islario, las ruinas del castillo de San Marcial de Rubicón (Aznar, 1988: 847). Más tarde, en 1583, la iglesia es derruida por la tripulación de dos navíos ingleses ‒Pleasure y Mary Fortune‒ para reutilizar la madera del tejado y del altar (Tejera y Aznar 1989: 28). No obstante, un documento fechado en 1602, que consultó S. F. Bonnet en el archivo particular de Alfonso Manrique de Lara, recoge el testimonio de Nicolás Hernández, que llegó a conocer la existencia de los restos maltrechos de la torre, a un lado del barranco. Según recoge el texto, también pudo leer escritos en las paredes internas de la iglesia, situada en el lado contrario «muchos nombres de letra francesa, de los caballeros franceses que vinieron a la conquista» (Bonnet, 1954: 82-83; Serra, 1959: 234).

Este episodio de la historia insular se enmarca en el proceso de expansión colonial que protagonizaron los reinos ibéricos y las repúblicas mediterráneas por el Atlántico africano y tiene sus precedentes en los dos últimos tercios del siglo XIV, cuando las costas insulares empezaron a ser frecuentadas por gentes procedentes de lugares distintos, entre los que se encontraban, además de castellanos y portugueses, mallorquines, catalanes y genoveses. Tras estas expediciones, motivadas por razones diversas, la empresa normanda dio comienzo a la conquista señorial de las islas de Lanzarote, Fuerteventura, El Hierro y La Gomera, a la que siguió la de las islas de La Palma, Gran Canaria y Tenerife, ahora bajo control directo de la corona castellana. Se inicia así, auspiciado por los Reyes Católicos, un auténtico proyecto colonial de Estado (Aznar, 2009 y 2011), cuyo conocimiento ha permanecido mucho tiempo en las «afueras de la arqueología» (González y Tejera, 2011: 155).

Precisamente es ese momento, la conquista de las islas, y son estos precedentes, el periodo que una parte de la historiografía canaria ha vinculado a una particular historia medieval isleña (Aznar 2009, 2011; Onrubia y González, 2016, 2018). Y la materialidad de esta dinámica colonizadora debiera ser, en consecuencia, el objeto de estudio de la arqueología medieval canaria (González y Tejera, 2011).

Por fortuna, los últimos años han sido testigos de un especial interés por abordar esta época de transición a partir de la combinación de la información que ofrecen las fuentes escritas y arqueológicas, dejando atrás viejos prejuicios innecesarios y obviando las fronteras impuestas por metodologías estrictas y poco útiles. Esta ineludible visión de conjunto y la singularización de esta realidad histórica que, igual que otras, debe ser entendida como un proceso y no como una suma de momentos, ha permitido que rescatemos del «desván de lo transhistórico» (Onrubia et al., 1998: 660) este singular período de la historia insular que transita por una horquilla cronológica de algo más de ciento cincuenta años. Al mismo tiempo, este enfoque ha contribuido, poco a poco y sin lugar para la duda, a ir desdibujando las fronteras impuestas por la tradición académica y sus compartimentos estancos, absolutamente artificiales y poco operativos.

Es por eso por lo que asumimos por completo que el período en el que se inserta la biografía de San Marcial de Rubicón es el que se corresponde con el de los «tiempos medievales» isleños, ese lapso temporal que separa lo mismo que une dos tiempos, dos materialidades y dos espacios sociales bien diferentes: el que ocupa la sociedad canario-amazige y aquel por el que transita la nueva formación social hispano-canaria (Onrubia y González, 2018: 389). En consecuencia, su materialidad debe ser abordada, sin tapujos, por la arqueología medieval que deja de ser, por fin, una asignatura pendiente (González y Tejera, 2011).

Figura 1. VISTA DE LA CRUZ QUE RECUERDA EL LUGAR DONDE, PRESUMIBLEMENTE, ESTUVO LA IGLESIA DE SAN MARCIAL. Foto: Marcial Medina.

El yacimiento de San Marcial de Rubicón está situado en la costa meridional de la isla de Lanzarote, dentro del término municipal de Yaiza. Pese a la ruina del enclave, a la que hemos hecho alusión anteriormente, su memoria se conservó entre la población local, que siguió haciendo uso de los pozos para aprovisionarse de agua o abrevar su ganado, hasta finales del pasado siglo XX. Asimismo, el recuerdo de la localización del antiguo templo dedicado a San Marcial se mantuvo por la colocación de una cruz de hierro que mandó instalar el obispo Codina, tras su visita pastoral de 1856, atendiendo a lo reseñado por A. de la Hoz (1962: 203), y que, tras varias sustituciones por otras de madera, ha señalado su ubicación hasta el presente (Fig. 1).

Las primeras noticias sobre el redescubrimiento de este yacimiento se deben al notario y erudito lanzaroteño Antonio María Manrique quien, en una excursión a las playas meridionales de la isla en el mes de mayo de 1880, pudo ver varios pozos y la cruz de madera que señalaba el lugar donde estuvo la iglesia-catedral (Manrique, 1980a: 132). Durante esa visita contempló también los cimientos de la iglesia que, según sus palabras formaban «un cuadrilátero de 6,68 metros de E. a O., y 5 de N. a S.» (Manrique, 1980b: 321).

Posteriormente, R. Verneau, que también visitó el lugar, mencionó en uno de sus trabajos, que vio dónde estuvo la iglesia «un simple muro, sin el menor ornamento [que] formaba un rectángulo de unos ocho metros de largo por cinco de ancho». Dice, incluso, que llegó a «practicar excavaciones», hallando tres esqueletos enterrados uno al lado del otro» (Verneau, 1981: 137).

Sin embargo, habrá que esperar a la primera mitad del siglo XX para que se lleve a cabo una primera intervención con metodología arqueológica en la zona, de la mano del profesor Elías Serra Ràfols, que comenzó por realizar en 1959 una prospección arqueológica del lugar en compañía de Miguel Tarquis García. De esa primera labor, salió la planificación de una intervención arqueológica que se desarrolló en los meses posteriores. Serra Ràfols ya había manifestado en diferentes artículos su interés por los lugares betancurianos y esta actuación le permitió documentar, en colaboración con su hermano, el arqueólogo José de Calasanz Serra Ràfols, las referencias de la crónica Le Canarien sobre la conquista betancuriana. Su hallazgo se concretó en los restos de dos salas abiertas a un patio, que identificaron con una torre, en la loma de la margen derecha del barranco. Las catas practicadas en la margen izquierda fueron negativas respecto de la iglesia, aunque a espaldas de la cruz localizaron el cementerio, en el que documentaron dos cuerpos (Serra, 1960: 358-360) recientemente datados y que confirman su adscripción al periodo de conquista (Alberto et al., 2022). La intervención de los hermanos Serra coincidió con la visita del, por entonces, comisario de excavaciones arqueológicas, Sebastián Jiménez Sánchez, abriendo un debate entre ambos, del que se hizo eco la prensa canaria durante algún tiempo (Trujillo, 2008).

En los años 80 del siglo XX se llevó a cabo una campaña de limpieza dirigida por Juana Hernández y ordenada por la Dirección General de Patrimonio Histórico del Gobierno de Canarias, a la que se sumó en esa misma década, el proyecto de investigación arqueohistórico desarrollado por los profesores Antonio Tejera y Eduardo Aznar, quienes realizaron dos campañas arqueológicas en 1986 y 1988. Ambos profesores lograron diferenciar varios sectores o unidades arqueológicas en el yacimiento. Estas son (Fig. 2): la torre-fortaleza, zona de hábitat, los cuatro pozos, un área fabril, la zona aborigen, una calzada, el sector de la iglesia, una posible plaza y acceso a la iglesia y, por último, una zona de enterramientos (Tejera y Aznar, 1989: 37-38).

Figura 2. ortoimagen de la zona arqueológica de San Marcial de Rubicón con los diferentes sectores identificados según Tejera y Aznar (1989: 37-38). Fuente: Proyecto Rubicón.

Pese al interés de dicho asentamiento, después de estas intervenciones arqueológicas no se habían vuelto a desarrollar en este lugar más que algunas acciones puntuales por parte del Ayuntamiento de Yaiza y el Cabildo de Lanzarote, dirigidas, sobre todo, a cubrir los pozos para evitar la acumulación de basuras en su interior o para destaparlos en momentos puntuales, limpiarlos y aplicar medidas de protección, tanto en los pozos como en otras unidades del yacimiento. También fue decisiva la medida del consistorio de desviar el tráfico rodado, muy abundante en las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo.

En octubre de 2018 se firmó un convenio de colaboración entre la Consejería de Turismo, Cultura y Deportes y las universidades públicas de Las Palmas de Gran Canaria y de La Laguna, para la realización del Proyecto de Investigación Arqueológica en el yacimiento de San Marcial de Rubicón. A este convenio han seguido otros dos, en esta ocasión rubricados también por el Ayuntamiento de Yaiza, cuyo apoyo desde el comienzo ha sido fundamental. El último finalizará en diciembre de 2024.

En esta nueva etapa de estudios, las prospecciones geofísicas, desarrolladas en dos ocasiones (2019 y 2021), se convirtieron en objetivos prioritarios (Fig. 3). Del mismo modo, se acometió la prospección geofísica marina entre la Punta de Papagayo y la Playa de las Mujeres y, en breve, se espera abordar los sondeos arqueológicos en algunos puntos en los que el análisis del georradar ha podido detectar eventuales restos arqueológicos subacuáticos.

Figura 3. situación de las zonas exploradas con geofísica en el área de estudio en una primera fase. Las áreas grises son los sectores explorados con georradar (GPR); el área azul es el sector prospectado mediante FDEM y las líneas azules son los perfiles eléctricos (PE, el sentido del perfil viene indicado por la dirección de la flecha). Fuente: Informe IEGA, 2019. Proyecto Rubicón

Al margen de estos trabajos, en la fase inicial de este proyecto se realizó el estudio de los pozos de San Marcial, de La Cruz y de La Pila, que se vaciaron y se limpiaron en profundidad para poder llevar a cabo su escaneado 3D y el levantamiento fotogramétrico (Fig. 4). Desde la página de Sketchfab, y bajo el rótulo Proyecto Rubicón, cualquier persona interesada puede contemplar estos trabajos. La limpieza facilitó, además, el estudio estratigráfico y constructivo del pozo de San Marcial (Hervás et al., 2022) y del pozo de La Cruz, así como un detallado análisis de los grabados rupestres a partir de la fotogrametría 3D (López-Menchero et al., 2023).

Figura 2. ortoimagen de la zona arqueológica de San Marcial de Rubicón con los diferentes sectores identificados según Tejera y Aznar (1989: 37-38). Fuente: Proyecto Rubicón.

El estudio estratigráfico y constructivo de ambos pozos ha puesto de manifiesto que fueron proyectos cuidadosamente planificados y ejecutados por canteros profesionales y, al menos en el caso del de San Marcial de Rubicón, con una clara vocación estética. Nuestra propuesta, a diferencia de la de otros equipos (Atoche et al., 1999, Del Arco et al., 2000, González y Del Arco, 2007, Atoche y Ramírez, 2009) es que estos dos ejemplos de arquitectura hidráulica fueron construidos para cubrir las necesidades de agua de la población que habitó en la ciudad de San Marcial, en algún momento a partir de 1402.

En las siguientes campañas arqueológicas (2021 y 2022), se ha intervenido en las zonas 4 y 6, que se corresponden con la zona fabril y de hábitat europeo, según la propuesta de Tejera y Aznar (1989), así como en la torre (zona 7) que estudiaron los hermanos Serra y más tarde ellos mismos (Fig. 5).

Figura 5. Ortoimagen cenital del pozo de San Marcial. Se aprecia su planta general en forma de L, con el vaso de captación en el lado derecho de la imagen, y el desarrollo de la rampa de acceso. Fuente: Proyecto Rubicón.

Pero también, atendiendo a las pistas de algunas anomalías señaladas en el estudio geofísico, se ha actuado en nuevos espacios, como la zona 10, situada en la coronación del extremo septentrional del escarpe rocoso que se interpone entre la playa de Los Pozos y el barranco homónimo, junto a la margen derecha de este, cuya ubicación proporciona una clara ventaja posicional y un amplio dominio visual, tanto sobre el asentamiento en su conjunto, como sobre sus vías de acceso y sobre el fondeadero natural de la playa de los pozos (Fig. 6).

Figura 6. Localización de las áreas intervenidas durante las campañas de 2021 y 2022. Fuente: Proyecto Rubicón.

Las actuaciones arqueológicas en esta última zona han permitido documentar los cierres septentrional, oriental y occidental de un recinto defensivo de planta en apariencia trapezoidal, delimitado por muros de trazado rectilíneo de alrededor de 1,50 m de espesor.

Del lienzo norte se ha conservado la hilada basal y la fosa de fundación, alterada por una acción posterior de expolio de materiales en el pasado (Fig. 7). La traza de los lienzos este y oeste ha quedado reducida a una mera impronta del mortero de fijación de la hilada basal, pero su interpretación no ofrece lugar a dudas. En cambio, del cierre meridional no queda rastro.

Figura 7. zona 10 con los restos de la torre documentada. Fuente: Proyecto Rubicón.

La zona 6, que Tejera y Aznar denominaron zona de hábitat europeo, se halla ubicada en una terraza horizontal, encajada en la margen derecha del barranco y en la base del promontorio rocoso sobre el que se situaban las defensas del asentamiento. Allí se han podido documentar dos edificios de planta rectangular, alineados en dirección norte-sur y separados entre sí por un callejón transversal (Fig. 8).

Figura 8. Detalle del muro de la torre de la zona 10. Fuente: Proyecto Rubicón

 La mayor parte de los muros de carga de este sector presentan basamento de mampostería de piedra calcarenita y alzados de tapial de tierra, lo que revela la filiación colonial de estos edificios. Se trata, además, de los primeros tapiales documentados en las islas. Es muy probable que las cubiertas fueran planas y que estuvieran soportadas por sencillas estructuras de madera reforzadas, en algunos casos, por pies derechos anclados en el interior de agujeros de poste o apoyados sobre zapatas de piedra. Los pavimentos del interior de los espacios habitados estuvieron configurados con tierra apelmazada y sobre estos últimos se hallaron diversos hogares de naturaleza doméstica.

La zona 4 o área fabril se extiende sobre una terraza natural estrecha y alargada, de disposición horizontal, que se articula entre la orilla del cauce y la base de la ladera oeste del cerro contiguo. Tal como afirmaban Tejera y Aznar (1989: 70), esta terraza estuvo ocupada por una sucesión continua de estancias de planta cuadrangular o rectangular, parcialmente excavadas por su flanco oriental en el afloramiento rocoso de la base del cerro, y completadas en el resto de su perímetro por muros rectilíneos de mampostería de piedra local (Fig. 9).

Figura 9. Vista de los restos exhumados en el área 6. Se observan los muros de tapial y los agujeros para insertar LOS pies derechos que sostuvieron las cubiertas de las habitaciones.
Fuente: Proyecto Rubicón.

Los pavimentos estuvieron tallados en origen en el sustrato basáltico de la zona, y fueron recrecidos a lo largo del tiempo mediante el aporte de sucesivas capas de tierra pisada, que se convirtieron, a su vez, en niveles de uso de los nuevos momentos de ocupación. Las cubiertas, presumiblemente planas, estuvieron soportadas por sencillas estructuras de madera reforzadas, en algunos casos, por pies derechos anclados en el interior de agujeros de poste o apoyados sobre zapatas de piedra (Fig. 10).

Figura 10. Ortoimagen de la zona 4, con los restos de los muros documentados y pies derechos para soportar la techumbre Fuente: Proyecto Rubicón.

En la campaña de 2022, y tras la pista de una anomalía informada por el georradar, se intervino en un área que hasta ese momento no había sido objeto de ninguna actuación arqueológica. Nos referimos a la denominada zona 11. En ese lugar, en donde se habían exhumado durante la campaña dos estructuras formadas por piedras calcarenitas apoyadas directamente sobre la arena, fueron descubiertos los huesos de los pies de un individuo, justo el día anterior a la finalización de los trabajos. Por cuestiones de tiempo, ante el cierre inminente de la campaña, se tomó la decisión de no proceder a excavar el resto del esqueleto, que estaba completamente cubierto por el sedimento arenoso. Un metatarsiano fue enviado a datar por radiocarbono al laboratorio de DirectAMS y los resultados arrojan una fecha calibrada que oscila entre 1408 y 1445, aunque el dato debe tomarse con precaución hasta no someterlo a las pautas que exige la higiene radiométrica, dado que el individuo, ahora sabemos que una mujer, consumió dieta marina. En el momento de redactar estas páginas se está procediendo a su excavación al completo (Fig. 11).  

Figura 11. DETALLE DEL AGUJERO DE POSTE REFORZADO DE LA ZONA 4. Fuente: Proyecto Rubicón.

Hemos de señalar que los estratos de ocupación y abandono que colmataban las diferentes zonas intervenidas han aportado proporciones muy significativas de materiales de diversa índole. En el repertorio material abundan los fragmentos de piezas elaboradas por la población aborigen, junto a vasijas peninsulares de importación, así como interesantes lotes de malacofauna y restos de osamentas de mamíferos -principalmente herbívoros- asociados al consumo humano. Asimismo, ha sido documentada en la zona 6 una importante cantidad de restos de escoria de metal -moco de herrero- que hablan de la práctica de la metalurgia en la ciudad de San Marcial de Rubicón.

El registro cerámico está compuesto por vajillas coloniales y ajuares indígenas. En las cerámicas de importación, que doblan los de origen local, abundan tanto los fragmentos vidriados como lisos. En el primer caso está muy representada la loza azul valenciana sobre fondo blanco, estannífera. Destacan los motivos de ruedas, palmetas triangulares o elípticas con rayas en platos y escudillas, producciones típicas de Paterna y Manises, muy características del siglo XV (Fig. 12). También algunos bordes de platos bícromos en azul sobre blanco con motivos florales esquemáticos, que podrían ser producciones de la zona de Andalucía, quizás incluso nazaríes.

Figura 12. RESTOS HUMANOS HALLADOS EN LA ZONA 11. Fuente: Proyecto Rubicón.

Estas piezas comparten espacios con las cerámicas indígenas, entre las que abundan las formas abiertas, casi siempre sin decoración, pero con acabado frecuentemente bruñido tanto al interior como al exterior, o en ambas caras. Hay ejemplos con algunas decoraciones incisas a base de líneas rectas paralelas entre sí, o curvas colgando del borde a modo de guirnaldas (Fig. 13).

Figura 13. Cerámica de loza azul valenciana. Fuente: Proyecto Rubicón

Otros elementos singulares de este conjunto lo constituyen las monedas halladas en varias de las zonas excavadas (Fig. 14). Destacan, sobre todo, por la aparición en ocho de las nueve monedas recuperadas de una letra B gótica contramarcada que evoca la inicial del apellido del conquistador.

Figura 14. Cerámica indígena. Fuente: Proyecto Rubicón.

Precisamente no la lleva la única que fue acuñada en época posterior a la fundación de la ciudad y que, además, fue localizada en el nivel superficial de la fortificación. Consideramos que esta evidencia reiterada materializa, por primera vez, las noticias de las fuentes escritas acerca de la regalía concedida al caballero normando Jean de Bethencourt (González et al., 2023). Se trata de dineros coronados, de Enrique II o Enrique III (Fig15a) y de medias blancas de Enrique III (Fig. 15b).

Figura 15. Moneda hallada durante el proceso de excavación en la zona 6. Fuente: Proyecto Rubicón.

Es muy significativo, además, que estas monedas hayan sido localizadas en la zona de hábitat colonial del yacimiento, en la que todos los ejemplares recuperados se encontraban, además, asociados a vertederos domésticos muy ricos en otro tipo de materiales arqueológicos (Fig. 16). El estudio -aún por realizar- de las muestras de sedimento y de los fragmentos de cerámicas, huesos y malacofauna recogidos durante la excavación arqueológica de dichos vertidos proporcionará una información muy valiosa sobre los modos de vida y los usos culturales y económicos de las personas que habitaron el lugar a lo largo del siglo XV, y acerca de las relaciones que se dieron allí entre la población indígena y la europea.

Figura 16. A. Dinero coronado (RUBI21/6/45-1). Diámetro: 18 mm. B. Media blanca de Enrique III (RUBI21/6/40-1). Diámetro: 23 mm. Fotos: Patricia Prieto Angulo.

En conclusión, el «redescubrimiento» de las Islas Afortunadas en los años finales de la Edad Media tuvo como escenario privilegiado el pedazo de mar y su tierra firme que ocupa hoy el estrecho de la Bocaina y que separa las islas de Fuerteventura y Lanzarote. Fue en esta última donde desembarcaron los normandos y sus gentes en el verano de 1402. El siglo XX y este en el que nos encontramos, con los trabajos arqueológicos llevados a cabo en el yacimiento de San Marcial de Rubicón, han sido testigos privilegiados del redescubrimiento también de estos episodios de la historia insular, que habían permanecido desdibujados durante décadas. Sin duda, la combinación de las noticias que nos ofrece la crónica francesa de la conquista con la información que contienen los vestigios materiales de las personas que habitaron aquel lugar, contribuyen a desmontar las fronteras, levantadas artificialmente sobre prejuicios baldíos e inoperantes, entre la arqueología y la historia.

Figura 17. Ortoimagen de la zona 6 (hábitat europeo) con la localización de las monedas 2 a 8. Fuente: Proyecto Rubicón.

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