Talleres de empaquetado en La Gomera: entre seretos y huacales

ANA Mª FLORIDO CASTRO. Doctora en historia por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

ANA Mª FLORIDO CASTRO. Doctora en historia por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

La arquitectura asociada a la agricultura de exportación (pozos de agua, pescantes, galerías, almacenes de empaquetado,…) integran uno de los conjuntos más singulares del patrimonio industrial de Canarias.

Ya en el siglo XIX, las crónicas de los viajeros extranjeros a La Gomera recogían la existencia de plantaciones de tomates y plátanos en algunas comarcas. Los valles del Norte, Hermigua, Agulo y Vallehermoso, concentraban las extensiones más importantes, gracias a la riqueza hídrica de los suelos. Poco a poco se fueron extendiendo a las lomadas y vegas del sureste y suroeste: Alajeró, Playa de Santiago, La Dama, El Cabrito y San Sebastián. Un artículo publicado en 1934 en Hoy, describía con estos términos a Valle Gran Rey: «Todo está cultivado. Desde los alto hasta la playa. Y el enrejado científico de las cañas de los tomateros forman un tejido cuidadoso a ras de tierra, como torres pequeñitas de un telégrafo alámbrico».

El campo de La Gomera, hasta las primeras décadas del siglo XX, se caracteriza por «un fuerte grado de concentración parcelaria (elevada cantidad de pequeños propietarios contra un reducido grupo de grandes propietarios que aglutinaban más del 50% de la tierra), del que se deriva unas relaciones de producción semifeudales (medianería) y unas técnicas de trabajo vetustas»(Jerez, 2007: 51). En este régimen de explotación, el propietario confía el cultivo de la tierra al medianero, facilitándole a cambio vivienda, y afrontando una parte del costo derivado del trabajo. Este sistema caciquil perduró durante décadas, con una clase campesina dependiente y dominada por los grandes propietarios, que estipulaban sus condiciones laborales. Los pequeños agricultores y cosecheros particulares estaban igualmente sometidos a los términos impuestos por las empresas exportadoras, entre ellas Elder & Fyffes. La Compañía británica desempeñó un papel fundamental. Es considerada no solo la propulsora de las actividades relacionadas con el cultivo y comercialización de estos productos, actuando incluso como una entidad financiera, sino que llegó incluso a facilitar crédito a particulares e instituciones públicas para distintos fines. No será hasta el fin de la Primera Guerra Mundial, cuando los productores deciden independizarse del monopolio inglés, agrupándose algunos de ellos en Sindicatos Agrícolas y en Asociaciones de Exportadores y Cosecheros. Gloria Díaz relaciona con detalle los nombres más relevantes: Álvaro Rodríguez López, Vicente Bencomo Padilla, Domingo García, Filiberto Darias Jerez, Salvador Casanova, etc. (Díaz, 2020: 46-49). Actualmente, la Cooperativa Agrícola Insular de La Gomera (fundada en 1957), integrada en COPLACA, concentra una parte importante de la producción platanera.

Los almacenes de empaquetado, conocidos como talleres en La Gomera, son los recintos a los que llega el producto directamente desde la plantación. En ellos se realiza el pesado, selección y envasado para su posterior traslado al muelle y ser embarcados con destino a la exportación. En estas labores se aplicó el proceso de trabajo en cadena, al objeto de mejorar los rendimientos finales. La mano de obra era, en su mayor parte, femenina. A las mujeres se les reservaba las faenas de clasificación, empaquetado y etiquetado de los tomates en seretos, que eran clavados y marcados. En los talleres de plátanos, se empaquetaba en huacales, unos envases a modo de jaulas formadas por tablas de madera, con capacidad para guardar dos o cuatro piñas. Los cargos de responsabilidad se reservaban para los hombres, quienes ocupaban los puestos de capataz o encargado del local. De igual modo, las tareas de carga y descarga, que exigían un esfuerzo físico, eran acometidas por personal masculino.

El modelo más extendido lo conforma un edificio de planta rectangular, con cubierta a dos aguas (tejas, planchas de uralita o de zinc), que descansa sobre vigas de madera. Por lo general, presentan dimensiones importantes, interiores espaciosos y diáfanos, con una zona central reservada al empaquetado. Las mesas de trabajo se disponían de manera paralela, alineadas, para favorecer el correcto desarrollo de las tareas de manipulación y selección de la mercancía. Al fondo se guardaban los seretos, ya montados, y las tablas y tirillas de madera a la espera de ser ensambladas, así como la viruta, los clavos, etc. La entrada al recinto se realizaba a través de grandes portalones para no dificultar la entrada y salida del personal, así como la carga y descarga de los camiones.

Los talleres que han sobrevivido al paso del tiempo presentan un gran interés, ya que materializan un capítulo trascendental de la historia social y económica de la isla redonda. Lamentablemente, la imagen actual de la mayor parte de ellos es bastante preocupante. Nos encontramos ante un patrimonio que a lo largo del tiempo ha sufrido el abandono, y la falta de labores de mantenimiento, especialmente cuando finaliza su vida productiva.

Figura 1. Taller de empaquetado de Oliver Méndez, Playa de Alojera, Vallehermoso. Fotografía: Amara Florido

El litoral de Vallehermoso cuenta con dos testimonios representativos de las terribles consecuencias del trascurso de los años. En la playa de Alojera, donde estuvo emplazado el almacén de la Casa Fyffes, y donde posteriormente empaquetó Olivier Méndez, quedan solo restos de los muros perimetrales de la primitiva edificación, como puede apreciarse en la imagen adjunta (Fig. 1). Otro ejemplo a destacar, es el almacén del antiguo pescante, erigido en 1907 a iniciativa de la Sociedad El Porvenir, y cuyos restos aún podemos contemplar desde la costa de esta localidad. Un edificio de planta rectangular, con dos niveles de altura, y 112 metros cuadrados de superficie, aproximadamente. Debido a las dificultades para poder acceder a este bien, recojo la descripción que sobre el mismo reseña Díaz: «Sus muros se construirán de mampostería ordinaria a dos paramentos enlucidos y blanqueados, cimentados sobre la fábrica de mampostería medianamente hidráulica. La armadura se hará de pino de riga (…). Además, llevará la cubierta de teja plana, el pavimento de hormigón de gravilla con cemento (…), dos puertas de madera (…) de pino de riga y cuatro ventanas (…), con vidriera y reja de hierro» (Díaz, 2020: 117).

En la planta baja se encontraba el llamado «cuarto del carro», desde el que partían las vagonetas sobre raíles con la carga, que era transportada al extremo opuesto de la pasarela para las operaciones de estiba. Junto a esta dependencia, el depósito de la leña. En el nivel superior, la oficina, el cuarto de los trabajadores, la sala de máquinas y el depósito de frutos. La obra que hoy contemplamos es una sombra de lo que fue. Las violentas embestidas del mar han provocado el desgaste de la estructura, el desplome de la cubierta y de varias piedras de esta emblemática obra.

Figura 2. Interior del taller de Álvaro Trujillo, Vueltas, Valle Gran Rey. Fotografía: Amara Florido.

En la zona del muelle de Vueltas, Valle Gran Rey, se concentró un importante volumen de edificaciones de esta índole, aunque la mayor parte de ellas se encuentran cerradas y abandonadas. Es el caso de los almacenes de Álvaro Trujillo, uno de los mayores cosecheros exportadores de la isla. Destacar las dos naves perpendiculares, con muros en mampostería, hoy destechadas y en ruinas (Fig. 2). Así mismo, en el camino hacia Taguluche, la instalación industrial de los Mora, en mejor estado de conservación. En este caso, se trata de dos inmuebles adosados, de planta rectangular y cubierta inclinada de tejas. El de mayores dimensiones está fabricado a base de piedra y barro, sin encalar, y con 3 puertas de acceso. La menor, de piedra y barro, presenta un enlucido de los muros donde sitúa dos puertas de acceso y 3 ventanucos en la parte superior del muro lateral (Fig. 3).

Figura 3. Talleres de los Mora, litoral de Taguluche, Valle Gran Rey. Fotografía: Amara Florido

Son varios los bienes fabriles que se insertan en esta categoría, aunque quisiera centrar la atención en una de las instalaciones históricas del reconocido empresario Álvaro Rodríguez López, en La Roseta (Alajeró) (Fig. 4). En este recinto se llegó a empaquetar la producción tomatera de Mozambique, Juan Barba, Punta Verde, El Revolcadero y Las Lajitas. Posteriormente, pasó a manos de la empresa noruega Fred Olsen. La edificación es de planta alargada, cubierta inclinada con planchas de zinc, y está provisto de varias puertas correderas de estructura metálica. Hace unos años fue acondicionado como Centro Cultural, aunque actualmente permanece clausurado.

Figura 4. Taller de Álvaro Rodríguez López, La Roseta, Alajeró. Fotografía: Amara Florido.

San Sebastián de La Gomera mantiene, como bien destacable, el almacén de la viuda de Filiberto Darias Jerez, en la calle Virgen de Guadalupe. Un local que ha experimentado varias alteraciones que desvirtúan su imagen primitiva, pero que ofrece excelentes oportunidades para su reconversión funcional debido a sus características arquitectónicas y su situación estratégica, en pleno casco urbano capitalino.

Figura 5. Taller de los Trujillo Santos, Playa de Santa Catalina, Hermigua. Fotografía: Amara Florido.

Por lo que respecta a empaquetadoras que se han preservado en unas condiciones aceptables, merece citarse el de la Playa de Santa Catalina (Hermigua). Uno de los mejores prototipos de la arquitectura de la agricultura de exportación, construida por Trujillo Santos (Fig. 5).Si nos trasladamos al inmueble señalado con el número 28 de la calle Pintor Aguiar, en el municipio de Agulo, también podemos admirar el histórico almacén de Ramón García, hoy reconvertido en garaje particular, aunque ha mantenido la esencia de antaño (Fig. 6).

Figura 6. Taller de Ramón García, casco urbano de Agulo. Fotografía: Amara Florido.

Pero, sin duda alguna, el mejor ejemplo de recuperación de antiguo espacio industrial como equipamiento cultural se localiza en Vallehermoso: el antiguo taller de la Compañía Fyffes and Limited, en el número 13 de la calle Vegueta. La industria fue arrendada por Domingo García González, dueño de uno de los pescantes. Más adelante, figura como propietario Eugenio García, quien lo traspasa a la empresa Álvaro Rodríguez López. S.A. Tras pasar a manos municipales, se inaugura como Casa de la Cultura Pedro García Cabrera, el 2 de julio de 2005. La fábrica está conformada por dos naves longitudinales, distribuidas en dos plantas, con filas de ventanas y balconadas, repetidas a lo alto y ancho de las fachadas. La cubierta se resuelve con tejas árabes, respetando la apariencia anterior, al igual que en el resto del conjunto. El Centro está equipado con varias dependencias destinadas a biblioteca, sala de estudio, sala de exposiciones, y aula de informática. En la planta baja, un centro para los mayores del municipio (Fig. 7).

Figura 7. Taller de empaquetado de la Compañía frutera Fyffes and Limited. Vallehermoso. Fotografía: Amara Florido

Concluyo este breve repaso por los bienes patrimoniales vinculados con la actividad industrial exportadora de La Gomera con uno de los edificios emblemáticos: el conocido como taller de La Erita o el Transportador. Fue erigido en 1926 por la Compañía Fyffes, pasando posteriormente a manos de la sociedad La Bananera, y a los hermanos Ramón y Leoncio Bento. El inmueble industrial adopta la tipología de fábrica-nave, una de las soluciones constructivas idóneas para este tipo de manufactura. Construcción de planta rectangular, de 1.311 metros cuadrados de superficie distribuidos en dos plantas, y construido en mampostería, a base de piedra, cal y cemento. El sistema de cubrición es a dos aguas, con cerchas de madera y planchas de uralita. El espacio interior es diáfano y luminoso, gracias a los ventanales de madera dispuestas a lo alto y ancho de una de las fachadas laterales. El frontis principal es asimétrico: presenta dos puertas metálicas de grandes dimensiones, en la planta inferior, y ventanas en el piso alto. Una inscripción pintada en el muro hace alusión a su antigua función: «ALMACEN» (Fig. 8).

Figura 8. Taller de la Erita, el Transportador, Agulo. Fotografía: Celestino González.

El elemento más curioso de era el transportador aéreo de 3 kilómetros de longitud que, a modo de teleférico, conectaba el lado norte con el pescante. Instalado en los años treinta, facilitaba las tareas de transporte y embarque de la mercancía, salvando la peligrosa pendiente. Contaba con 4 torretas metálicas, dispuestas estratégicamente, que sostenían los cables de acero donde se colgaban dos tableros o palanquines para transportar la carga. Al parecer, el motor para poner en funcionamiento este artilugio era un Blackstone de 10 hp, que estaba emplazado en la planta baja del taller. Según las informaciones cotejadas, la estructura fue finalmente fue desmantelada y trasladada a Tacoronte (Tenerife). La Erita está destinado, desde hace varios años, a depósito de una empresa constructora local. Por tal motivo, se han acometido importantes alteraciones en la obra, adecuando el espacio a las nuevas necesidades. En el interior, se aprecia la subdivisión en varias dependencias, mientras que en el exterior se han adosado construcciones, a distintas alturas, que afectan al nivel inferior.

En líneas generales, el estado de conservación que presenta es alarmante, en especial por la situación de la cubierta, muy dañada, y donde se han desprendido varias planchas de fibrocemento. La imagen que muestra dentro no es mejor: acumulación de basura y enseres diversos, muros derruidos, desprendimientos de piedras, humedades, etc. El aspecto exterior es igualmente desolador. Para evitar el saqueo y los actos de pillaje, se han tapiado los vanos, si bien una de las puertas de acceso permanece abierta, a fecha de la visita.

Los talleres de empaquetado, junto con las factorías conserveras de atún, los pescantes, los molinos de gofio, entre otras manufacturas, forman parte de la herencia de los antepasados de la isla de La Gomera. Son testimonios del esfuerzo, del sacrificio y del ingenio de una población que tuvo que superar grandes dificultades y obstáculos a lo largo de décadas. Desafortunadamente, la falta de sensibilidad social y la ausencia de medidas preventivas de protección, han puesto en peligro la supervivencia de gran parte de los vestigios que integran uno de los aspectos más olvidados del Patrimonio Cultural: el Patrimonio Industrial. Artículos como este pretenden hacer reflexionar y despertar el interés, el cuidado y el respeto hacia un legado herido, pero que no debemos olvidar.

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